Ya estaba medio bajado de la cama, con ese movimiento irracional hacia adelante propio de un hombre que ha tomado una decisión sin haberla terminado, cuando Elena se incorporó y pronunció mi nombre con una voz que nunca antes le había oído.
No es la voz de alguien atrapado.
No miedo.
Algo desesperado. Algo que ya no tenía explicación y que me pedía que me detuviera antes de hacer algo irreversible.
Daniel. Para. Por favor. Para.
El hombre retrocedió un paso y dijo que se llamaba Martín. Levantó una identificación con dos dedos, con la mano ligeramente temblorosa, y habló con rapidez y serenidad, con la voz de alguien que había estado en situaciones tensas y sabía que la clave para salir de ellas era mantener la calma y la claridad. Enfermero de infusión a domicilio. Oncología San Vicente.