Mi hija me contó que un hombre entraba en nuestro dormitorio todas las noches mientras yo dormía, y para cuando la dejé en el colegio esa mañana, ya había vivido tres finales diferentes para mi matrimonio.
Sonia tenía ocho años y era seria como solo los niños muy tranquilos logran serlo, sin dramatismo, sin ningún deseo de provocar una reacción. No inventaba historias. No decía cosas escandalosas para ver la reacción de los adultos. Cuando hablaba de algo, lo decía en serio, con la serena certeza de una niña que aún no ha aprendido que los adultos prefieren versiones más cómodas de la verdad.
Iba sujeta con el cinturón de seguridad en el asiento trasero, con su mochila rosa a su lado, y me contó con el mismo tono con el que pedía fresas en su fiambrera que un hombre entraba en nuestro dormitorio después de que yo me durmiera, que se movía despacio y en silencio, que su madre cerraba los ojos y no decía nada, y que mamá parecía triste cuando él estaba allí.
Casi tuve que cambiar el coche al carril de al lado.