Le pedí que lo repitiera, con la esperanza de haber entendido mal, de que estuviera describiendo un sueño o una historia de un libro. Ella solo miró por la ventana y dijo que lo había visto más de una vez. Venía cuando estaba muy oscuro. Siempre llevaba algo en la mano. Nunca hacía mucho ruido.
Mamá parecía triste cuando él estaba allí.
Escuché ese detalle y debería haberme impactado. Después comprendí que había sido lo más importante que dijo. Pero la sospecha es un veneno rápido, y una vez que llega a la sangre, empieza a corromper todo lo que toca. No me llevé la tristeza. Me llevé al hombre, la oscuridad, los ojos cerrados y el silencio.
Cuando regresé a casa, Elena estaba en la cocina con la cafetera silbando y la luz de la mañana entrando por un ángulo tenue. Levantó la vista y me dedicó la sonrisa común de quien ignora que el suelo bajo el que se asienta un matrimonio se ha movido durante la noche. Había adorado esa sonrisa durante once años. Había confiado en ella con la precisión de quien cree saber exactamente lo que algo significa porque lo ha visto diez mil veces. Allí, de pie, con las llaves del coche clavándose en la palma de la mano, sentí el primer atisbo de algo que jamás había querido sentir por Elena.