Porque acababas de perder tu trabajo, dijo ella. Porque ver a tu madre luchar contra el cáncer casi te destrozó, y los hospitales cierran algo dentro de ti que tarda semanas en reabrirse. Porque tomabas pastillas para dormir solo para sobrevivir un día más. Porque cada vez que pensaba en decírtelo, te miraba a la cara y pensaba que estaba a punto de añadir una carga imposible más a un hombre que ya soportaba más de lo que debería.
Se detuvo y apartó la mirada.
Y como seguía pensando que te lo diría mañana, dijo. Y entonces llegó el día siguiente y volví a pensar lo mismo.
Mañana. La misma palabra que había oído a través de la puerta entreabierta aquella tarde, en la frase que había convertido en prueba de lo que temía. Esta noche, entonces. Después de que se duerma.
Una infusión médica programada para después de que su esposo tomara su pastilla para dormir, en mitad de la noche, para que no se despertara y su hija no viera las agujas. Eso era lo que había estado planeando. Ese era el secreto.
Le dije que creía que me estaba siendo infiel.