Cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, estaban brillantes de lágrimas y de algo más duro que las lágrimas.
Viste la sombra de otro hombre antes de darte cuenta de lo enferma que estaba, dijo ella.
Nada de lo que hubiera dicho habría tenido mayor impacto.
Porque tenía razón. Había catalogado cada prueba a mi alcance y construido la historia que hería mi orgullo en lugar de la que explicaba su rostro. Me había fijado en la distancia, las mangas largas, las llamadas telefónicas y el cansancio, y ni por un instante pensé que todo eso podría ser la imagen de una mujer que intentaba protegerme mientras, en silencio, sentía un terror paralizante. Había dejado de lado la triste palabra de Sonia porque la ira era más fuerte.
Martín regresó porque a Elena le temblaban las manos. Me quedé a un lado observándolo trabajar. Limpió la vía intravenosa, conectó una pequeña bolsa de suero, revisó el apósito y se movió con la calma y la serenidad de quien sabe exactamente dónde reside la compasión práctica y cómo brindarla sin formalidades. Explicó que Elena había tenido su primera sesión de quimioterapia esa tarde. Tenía náuseas intensas y estaba muy deshidratada. Su médico le había ordenado varias noches de infusiones en casa para evitar que tuviera que ir a urgencias. Martín era el único enfermero disponible después de medianoche, y Elena había elegido esas horas porque no quería que Sonia viera el equipo ni las agujas.