La maternidad siempre había sido su mayor deseo, una esperanza a la que se aferró a través de años de decepciones, dolorosas consultas médicas, repetidas pruebas negativas y una cuna vacía que esperaba en silencio.
Cada suspiro de los médicos, cada diagnóstico incierto, cada mes que pasaba sin resultados, enterraban lentamente su sueño, pero aun así, se negaba a rendirse por completo.
Por eso, cuando sucedió lo imposible, cuando su cuerpo empezó a cambiar y su vientre empezó a crecer, ella creyó sin dudarlo, aferrándose a esa fe con todo su corazón.
Por la noche susurraba nanas, tejía calcetines diminutos con manos temblorosas y sonreía incluso cuando los médicos le advertían de que su embarazo se consideraba de alto riesgo.
“He esperado esto toda mi vida”, les dijo con voz suave pero firme. “No dejaré que el miedo me quite lo único que siempre he deseado”.