Me dejé caer sobre la cama, escondiendo el rostro entre las manos.
Toda mi vida. Cada cumpleaños. Cada rodilla raspada. Cada vez que Arthur me miraba con esa fría y distante decepción; una decepción que yo creía que se debía a que no era lo suficientemente buena, o a que estaba de luto por mi madre muerta. No era luto. Era resentimiento. Yo era un trofeo de guerra. Una póliza de seguro viviente.
“¿Por qué ahora?” Levanté la vista, la ira reemplazando de repente la sorpresa. “Si esto ha sido una mentira durante veinte años, ¿por qué me buscaste? ¿Por qué me hiciste quedar como una tonta delante de todo el pueblo? ¿Por qué fingiste amarme?!”
Eleanor se acercó y se arrodilló ante mí. Por primera vez, extendió la mano y tomó la mía. Su agarre era firme, desesperado.
—Porque la protección de Arthur expiró hace tres meses —dijo con urgencia—. La empresa para la que trabajaba ha sido liquidada por un nuevo sindicato, mucho más despiadado. No les importan los viejos negocios. Descubrieron los archivos de tu madre y saben que Arthur tiene al chico. Venían a eliminarlos a ambos para eliminar cualquier cabo suelto. Tenía que llegar a ti primero, Travis. Tenía que comprarte, sacarte bajo la apariencia de un romance excéntrico y traerte a esta finca. Esta casa es una fortaleza. Es el único lugar donde estás a salvo.
El teléfono sonando
Antes de que pudiera asimilar la magnitud de la traición, un zumbido agudo rompió el denso silencio de la habitación.
No era el teléfono de Eleanor. Provenía del interior del grueso sobre que estaba sobre la mesa, el que supuestamente contenía un millón de dólares.
Eleanor se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par, presa del pánico. —No lo toques —ordenó, bajando la voz a un susurro casi militar.
Se acercó a la mesa con movimientos repentinamente ágiles y precisos, que delataban por completo sus sesenta años. Introdujo una mano enguantada en el sobre y sacó un elegante teléfono satelital encriptado. En la pantalla parpadeaba un único número, no registrado.
Ella pulsó el botón del altavoz.
—Eleanor —resonó una voz a través del pequeño altavoz. Estaba muy distorsionada, sintetizada para enmascarar cualquier tono o timbre identificable, pero la fría cadencia era inconfundible—. Hiciste tu papel a la perfección. El niño está en el nido.
Se me paró el corazón. Miré a Eleanor. La calidez maternal de sus ojos había desaparecido por completo, reemplazada por una mirada calculadora y gélida. No parecía sorprendida por la llamada. Parecía expectante.