Una sombra se movió en la puerta. Era Margot, mi hija mayor, de pie, con una cesta de ropa doblada apretada contra el pecho.
“¿Mamá?”, dijo. Luego miró a Evan. “¿Papá? ¿Vas a alguna parte?”.
Respondí antes de que pudiera. “Ve a asegurarte de que George se lave las manos para cenar, cariño. Las manos de tu hermano siempre están sucias”.
No se movió.
“Margot”.
Tragó saliva. “Vale, mamá”.
“Quiero paz por una vez en mi vida”.
Evan levantó la maleta.
No grité. Me quedé sentada en el suelo del cuarto de los niños con una mano en la barriga y lo escuché salir de la habitación que habíamos pintado juntos tres días antes.
Cuando oí cerrarse la puerta principal, Wren volvió a patalear.
“Sí, cariño”, le dije. “Lo sé”.
***
Aquella noche dormí en el sofá porque las escaleras eran demasiado.
Marcus no encontraba su carpeta de lecturas para el colegio. Phoebe lloró porque Sophie le había arrancado la cabeza a un caballo de juguete. Elliot derramó leche. Mary preparó los almuerzos sin que nadie se lo pidiera.
Evan recogió la maleta.
Y Margot me trajo una manta y fingió no darse cuenta de que no me había movido en media hora.
***
Hacia medianoche, se plantó en la puerta con la vieja sudadera universitaria de su padre y me hizo la pregunta que había estado evitando toda la noche.