Su hijo nació exactamente a las 3:17 de la tarde.
Su primer llanto llenó la sala de partos.
Joanna se recostó contra la almohada, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.
Pero esta vez, no eran lágrimas de dolor.
Eran lágrimas de alivio.
De gratitud.
De un amor tan profundo que la asustaba.
—¿Está bien? —preguntó sin aliento.
Una enfermera envolvió al pequeño recién nacido en una suave manta y sonrió.
“Él es perfecto.”
El bebé estaba a punto de ser puesto en brazos de Joanna cuando el médico de guardia entró en la habitación.
Dr. Robert Wright.
Respetado.
Calma.
Un hombre conocido en todo el hospital por no perder nunca el control, ni siquiera en las peores situaciones de emergencia.
Bajó la mirada hacia la historia clínica de Joanna.
Luego miró al bebé.
Y se congeló.
Se le fue el color de la cara.