Mi marido solía encerrarse en el baño todas las mañanas a las 4 de la madrugada.

Mi marido solía encerrarse en el baño todas las mañanas a las 4 de la madrugada.

**El secreto del baño**

Me llamo Eleanor Mitchell. Tengo setenta y ocho años y, durante treinta y cinco años de mi matrimonio, viví con un misterio que casi me destruye.

Todas las mañanas, exactamente a las 4:00, mi esposo Richard se levantaba de la cama como un fantasma. No hacía ruido. Caminaba por el pasillo crujiente de nuestra modesta casa de ladrillo en el sur de Chicago, entraba al pequeño baño cerca del lavadero y cerraba la puerta con llave. Permanecía allí casi una hora. A veces oía el suave murmullo del agua. A veces el leve tintineo de los frascos de medicamentos. A veces un gemido ahogado que sonaba como un hombre tratando de tragarse su propio dolor.

Durante treinta y cinco años, nunca supe realmente por qué.

Todo comenzó de forma inocente al principio de nuestro matrimonio. Éramos jóvenes, pobres y estábamos profundamente enamorados. Conocí a Richard en la primavera de 1969 en una colecta de fondos de la iglesia en Gary, Indiana. Él tenía veinticinco años, era alto y fuerte por su trabajo en la planta de fabricación de acero. Yo tenía veintidós, era tímida y aún me aterraban las estrictas normas bautistas de mi padre. Richard tenía una fortaleza serena que me hacía sentir segura. Cuando me propuso matrimonio seis meses después, dije que sí sin dudarlo.

Nos casamos en una ceremonia íntima y nos mudamos a esta misma casa en 1971. A lo largo de las décadas, criamos a dos hijos, Michael y Claire, superando despidos, inflación, enfermedades y las dificultades cotidianas de la vida obrera. Richard era de esos hombres que arreglaban todo: goteras, coches averiados, niños llorando a las dos de la mañana. Nunca se quejaba. Nunca alzaba la voz. En el barrio lo llamaban «Richard el Confiable».

Pero aquel ritual de las 4 de la mañana me atormentaba.

Al principio, pensé que era un problema estomacal. Luego me preocupó que estuviera rezando por algo que no podía compartir. Más tarde, me asaltaron pensamientos más oscuros: tal vez era adicto a los analgésicos, o hablaba con otra mujer por teléfono en secreto, o escondía deudas de juego. Pero nada encajaba. Richard solo bebía en ocasiones especiales, nunca fumaba y llegaba a casa todas las noches a la misma hora.

Las pistas reales eran físicas.

Jamás usaba mangas cortas, ni siquiera durante los brutales veranos de Chicago, cuando la humedad era tan intensa que parecía que respirabas a través de lana mojada. Solo se cambiaba de ropa a oscuras o a puerta cerrada. En nuestros momentos más íntimos, insistía en la oscuridad total. Si lo abrazaba por detrás sin previo aviso, se ponía rígido, como si mi tacto le quemara.

Una tarde de 1998, después de que los niños se hubieran ido de casa, finalmente perdí los estribos.

—Richard, ¿tienes otra mujer? —pregunté con la voz temblorosa mientras estábamos sentados a la mesa de la cocina.

La cuchara se le cayó de la mano al tazón de sopa con un fuerte estrépito. Se puso pálido.